El Centro de Mérida, Yucatán,
lleno de ricas anécdotas
(ver más acerca del centro de la ciudad)


Por el Lic. Jorge H. Alvarez Rendón (*)

centro1.jpg (62224 bytes)Desde que recuerdo, me atrajo el centro de la ciudad, pero únicamente hasta los ocho años me permitieron caminar por sus calles solo. Entonces no se estilaba ese adjetivo de "histórico" que por ahora es tan repetitivo. Se hablaba de la Plaza Grande, los barrios y punto.

Mis primeros pastoreos alcanzaban hasta un poco más allá del Parque Hidalgo por sobre la calle 59. Iba en busca de mi madre que trabajaba como maestra de piano en Bellas Artes y se liberaba a eso de las siete de la noche. En el trayecto me agradaba detenerme ante los ventanales y la escalera del Centro Campechano, donde ahora el aire ocupa un amplio y triste estacionamiento. Otro de mis lugares favoritos era la gran vidriera de "La joya de México", porque se exhibían relojes de todos tamaños y precios. El que más me gustaba era un Hamilton de carátula cuadrada que finalmente mi padre me regalara cuando finalicé la primaria.

El Parque Hidalgo era un sitio riesgoso para los niños. Estaba rodeado de billares y cantinas en las que abundaban los tahúres. Una vez que subí curiosamente a la planta alta de "La Unión" escuché una retahila de vocablos soeces que después repetí con audacia en plena clase del Profr. Verde, con las dificultades consiguientes. Aparte, en aquel céntrico sitio se reunían numerosos muchachos de "costumbres extrañas" que adoptaban poses bajo la estatua del Gral. Cepeda Peraza con sus bolsas de mano y sus abanicos de sándalo.

En ocasiones me aventuraba por las calles aledañas hasta el maltratado cine "Peón Contreras", que exhibía películas europeas clasificadas como "sólo para adultos" en las páginas de Criterio, el periódico de la Arquidiocesis. Si bien es cierto que nunca pude ver una cinta de Silvana Panpanini, la bomba italiana, las coloridas estampas de la publicidad me inquietaban hasta el punto de recibir reprimendas del padre Ortiz a la hora de la confesión.

Las bancas del Parque de la Madre estaban repletas de "gavilanes", es decir, estudiantes de la Preparatoria de la Universidad que funcionaba en el ahora llamado edificio central. Aunque cursaban Lógica, Francés y Filosofía, su mayor habilidad radicaba en tejer alborotos y fastidiar con palabrotas y gestos a las muchachas que pasaban por el sitio.

También me agradaba llegar a Santa Lucía, frente a cuyo parque vivía mi tía Aida Pasos Valdés, quien me regalaba bellos pedazos de pasta de guayaba que yo devoraba mientras veía a su ardilla perderse entre las ramas de la higuera. Entre los autos de los taxistas, lavando las llantas con indecible lentitud, se hallaba siempre el jorobadísimo "Chino Mateo", a quien los niños ayudaban a bajar almendras para volcarlas en una cubeta que parecía no tener fin.

Andaba ya por los once años cuando conocí a Ciro Peraza, un moreno hijo de un militar con base en el cuartel de Mejorada y junto al cual inicié extensos correteos por la Plaza Grande y sus alrededores. Acudíamos casi diario a una heladería llamada "La Tropical", donde ingeríamos litros de cebada y nos gustaba subir a las torres de Catedral, para lo cual "convencíamos" al sacristán Chencho con uno o dos pesitos. Desde la altura, bajo la campana rota y después de ascender por una mareante escalera de caracol, aparecía la silueta de la Plaza Grande y se vislumbraban las iglesias de casi todos los barrios e incluso el verdor de las lejanas quintas. Mérida era sólo un ascua pequeñita en el fogón de Dios.

A Ciro le fascinaban los orates y en los alrededores de la Plaza Grande había al mayoreo. Conocimos a uno que se sentaba en una mesa del café "Ferraez" (60 con 61) y tenía la obsesión de que malignos aluxes echaban clavos y tornillos en su taza de café, motivo por el cual tapaba con frenesí el recipiente al tiempo que miraba desconfiadamente a su alrededor. Con el pretexto de tomar un vaso de agua fresca, Ciro entraba en el restaurante y dejaba caer un puñado de tachuelas en la mesa del demente, quien profería gritos de auténtica desesperación.

En las puertas del antiguo edificio del hotel Palacio (59 con 58) - mientras mi abuela Vicentina visitaba a la propietaria, una cubana gorda y muy alegre- Ciro y yo observábamos a Marina, joven perturbada de ojos bizcos a quien sus parientes dejaban ahí toda la mañana dizque para vender frutas. Ciro decidió llamarla con un nombre ficticio -creo que "Lidia Trujano"- y ella protestó acaloradamente, pero Ciro no claudicó hasta que, pasadas las semanas, la pobrecilla aceptó el apelativo sin dificultad.

Otro atractivo del centro eran los cines. Yo invitaba a Ciro con todos los que tenían nexos con la Columbia, para la cual mi padre era interventor, así que entrábamos como ratoncillos a salas amplias y cada cual con su perfil. En el cine Yucatán (63 casi en esquina con la 64) nos escondíamos detrás de las cortinas laterales para asustar a las viejillas, y en el Novedades, frente a la Plaza Grande, gozábamos en grande con las películas de Laurel y Hardi o las series de El Halcón Negro.

En aquellos años yo no tenía ojos para la apariencia o el estilo de los edificios, pero sí recuerdo mi tristeza -a los catorce años- cuando vi demoler -en el cruce de la 59 y la 56- el antiguo local del Banco Nacional de México y poco después su vecino, mi apreciado Centro Campechano. La melancolía fue mayor cuando advertí que numerosas casonas que había conocido en la infancia habían sido ya barridas por un afán desvastador que sólo la ley pudo detener.

(*) Integrante del Consejo de Cronistas de la ciudad de Mérida.


Por: Diario de Yucatán / Adaptación de Cityview

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