Desde
que recuerdo, me atrajo el centro de la ciudad, pero únicamente hasta los ocho años me
permitieron caminar por sus calles solo. Entonces no se estilaba ese adjetivo de
"histórico" que por ahora es tan repetitivo. Se hablaba de la Plaza Grande, los
barrios y punto.
Mis primeros pastoreos alcanzaban hasta un poco más allá del
Parque Hidalgo por sobre la calle 59. Iba en busca de mi madre que trabajaba como maestra
de piano en Bellas Artes y se liberaba a eso de las siete de la noche. En el trayecto me
agradaba detenerme ante los ventanales y la escalera del Centro Campechano, donde ahora el
aire ocupa un amplio y triste estacionamiento. Otro de mis lugares favoritos era la gran
vidriera de "La joya de México", porque se exhibían relojes de todos tamaños
y precios. El que más me gustaba era un Hamilton de carátula cuadrada que finalmente mi
padre me regalara cuando finalicé la primaria.
El Parque Hidalgo era un sitio riesgoso para los niños. Estaba
rodeado de billares y cantinas en las que abundaban los tahúres. Una vez que subí
curiosamente a la planta alta de "La Unión" escuché una retahila de vocablos
soeces que después repetí con audacia en plena clase del Profr. Verde, con las
dificultades consiguientes. Aparte, en aquel céntrico sitio se reunían numerosos
muchachos de "costumbres extrañas" que adoptaban poses bajo la estatua del
Gral. Cepeda Peraza con sus bolsas de mano y sus abanicos de sándalo.
En ocasiones me aventuraba por las calles aledañas hasta el
maltratado cine "Peón Contreras", que exhibía películas europeas clasificadas
como "sólo para adultos" en las páginas de Criterio, el periódico de la
Arquidiocesis. Si bien es cierto que nunca pude ver una cinta de Silvana Panpanini, la
bomba italiana, las coloridas estampas de la publicidad me inquietaban hasta el punto de
recibir reprimendas del padre Ortiz a la hora de la confesión.
Las bancas del Parque de la Madre estaban repletas de
"gavilanes", es decir, estudiantes de la Preparatoria de la Universidad que
funcionaba en el ahora llamado edificio central. Aunque cursaban Lógica, Francés y
Filosofía, su mayor habilidad radicaba en tejer alborotos y fastidiar con palabrotas y
gestos a las muchachas que pasaban por el sitio.
También me agradaba llegar a Santa Lucía, frente a cuyo parque
vivía mi tía Aida Pasos Valdés, quien me regalaba bellos pedazos de pasta de guayaba
que yo devoraba mientras veía a su ardilla perderse entre las ramas de la higuera. Entre
los autos de los taxistas, lavando las llantas con indecible lentitud, se hallaba siempre
el jorobadísimo "Chino Mateo", a quien los niños ayudaban a bajar almendras
para volcarlas en una cubeta que parecía no tener fin.
Andaba ya por los once años cuando conocí a Ciro Peraza, un
moreno hijo de un militar con base en el cuartel de Mejorada y junto al cual inicié
extensos correteos por la Plaza Grande y sus alrededores. Acudíamos casi diario a una
heladería llamada "La Tropical", donde ingeríamos litros de cebada y nos
gustaba subir a las torres de Catedral, para lo cual "convencíamos" al
sacristán Chencho con uno o dos pesitos. Desde la altura, bajo la campana rota y después
de ascender por una mareante escalera de caracol, aparecía la silueta de la Plaza Grande
y se vislumbraban las iglesias de casi todos los barrios e incluso el verdor de las
lejanas quintas. Mérida era sólo un ascua pequeñita en el fogón de Dios.
A Ciro le fascinaban los orates y en los alrededores de la Plaza
Grande había al mayoreo. Conocimos a uno que se sentaba en una mesa del café
"Ferraez" (60 con 61) y tenía la obsesión de que malignos aluxes echaban
clavos y tornillos en su taza de café, motivo por el cual tapaba con frenesí el
recipiente al tiempo que miraba desconfiadamente a su alrededor. Con el pretexto de tomar
un vaso de agua fresca, Ciro entraba en el restaurante y dejaba caer un puñado de
tachuelas en la mesa del demente, quien profería gritos de auténtica desesperación.
En las puertas del antiguo edificio del hotel Palacio (59 con 58)
- mientras mi abuela Vicentina visitaba a la propietaria, una cubana gorda y muy alegre-
Ciro y yo observábamos a Marina, joven perturbada de ojos bizcos a quien sus parientes
dejaban ahí toda la mañana dizque para vender frutas. Ciro decidió llamarla con un
nombre ficticio -creo que "Lidia Trujano"- y ella protestó acaloradamente, pero
Ciro no claudicó hasta que, pasadas las semanas, la pobrecilla aceptó el apelativo sin
dificultad.
Otro atractivo del centro eran los cines. Yo invitaba a Ciro con
todos los que tenían nexos con la Columbia, para la cual mi padre era interventor, así
que entrábamos como ratoncillos a salas amplias y cada cual con su perfil. En el cine
Yucatán (63 casi en esquina con la 64) nos escondíamos detrás de las cortinas laterales
para asustar a las viejillas, y en el Novedades, frente a la Plaza Grande, gozábamos en
grande con las películas de Laurel y Hardi o las series de El Halcón Negro.
En aquellos años yo no tenía ojos para la apariencia o el estilo
de los edificios, pero sí recuerdo mi tristeza -a los catorce años- cuando vi demoler
-en el cruce de la 59 y la 56- el antiguo local del Banco Nacional de México y poco
después su vecino, mi apreciado Centro Campechano. La melancolía fue mayor cuando
advertí que numerosas casonas que había conocido en la infancia habían sido ya barridas
por un afán desvastador que sólo la ley pudo detener.