Saludo a ustedes y les deseo feliz milenio nuevo. Feliz
año nuevo es poco. A mis amigas, a mis amigos, a las mismas caras familiares repetidas a
lo largo del tiempo, a lo largo de mi mano levantada mil veces a la vuelta de cada
esquina, a lo largo de cada calle -el mismo rostro de los meridanos de todos los días-...
por sus parques y sus plazas de siempre... los saludo en mi nombre y en nombre del
gobierno de la ciudad y he de decirles lo que quiero decirles... pero no sólo he de
hablar por mi boca sino por la boca, espero, del sentimiento que este día nos emociona a
todos.
Cuando me invita Xavier Abreu, su digno presidente municipal, a participar en esta
sesión solemne, como que dudo. Solemne es una palabra aterradora para mí. Yo no soy
solemne. Antes al contrario. ¿Cómo decir solemnemente la palabra simpatía, la palabra
gracia, la palabra amor? Esto habría de decirse siempre con una sonrisa. Hacer, por
ejemplo, la memoria del tiempo no con la tristeza que a veces produce la nostalgia, pero
con la alegría de haberlo bien vivido. La memoria del tiempo... la memoria de uno mismo
en el tiempo. Uno mismo.
El ser y reconocerse uno como uno. Ser ese, el que ha vivido en todo este tiempo...
aquí. Que la primera identidad que uno reconoce como suya es siempre nuestra casa,
nuestra calle, el parque de enfrente... la escuela donde uno ha aprendido a conocer a los
otros y a intimar con las primeras letras... Cuando de repente prendieron todas las luces
de los parques y se hicieron los domingos y comencé a sonreír. Así lo vivo. El parque
de Santa Lucía... -¿De dónde eres, quién eres, dónde vives?...- en la esquina de mi
casa hay un hojalatero, ahí mismito, contraesquina del parque, se llama don Catito...
ponía sus hojas de lámina galvanizada al sol de la tarde, como ropa recién lavada, y
ahí se pasaba el día soldando globos de pan, galones para agua, cubos para el fondo de
los pozos, y caños para que cantara sus gorgoritos el agualluvia... un chaparrito, casi
tan alto como yo era a los cuatro años, con su camiseta de tres botones y su delantal de
rayitas de cotín... Y yo, ahí mismo, a esa esquina me iba andando mis primeros pasos,
corriendito, a marcar mi territorio, a wixarme sobre las latas, a ensoparle sus tinacos, y
sus cachivaches... tal vez me gustaría cómo sonaban a rebaño de cabras sus láminas, no
lo sé, pero por ahí me viene correteando otra vez el viejito con la tijera en la mano,
mentándome la madre... y yo, muerto de la risa que creo que desde entonces se me quedó
sonriendo por la boca. Ha de ser por eso, por ese ruido, que no olvido el sonido de la
lluvia por los tinglados.
La identidad de ser
de Mérida. Luego uno lo anda diciendo por todas
partes con orgullo... yo soy de Mérida por acá, yo soy de Mérida por allá... hasta que
uno descubre que, por el contrario, Mérida es de uno. Al reves.
Porque Mérida es mía, tanto como de ustedes en propiedad privada y compartida, pero
quizá en mi caso más, porque la distancia ejerce funciones de lupa de aumento y lo que
ustedes ven de cerca, con muy buenos ojos, yo lo miro -yo lo admiro, yo lo suspiro- desde
lejos y lo agiganto... que uno vive agigantando todo esto del sabor de la tierra y el olor
de la tierra y el color de las cosas que uno ama. Uno, digo, a la distancia.
Siguiendo en el sentido de la identidad primera, uno no se sabe yucateco, pero ni qué
digamos mexicano, sino hasta que hace conciencia. Uno es de la calle sesenta, uno es de la
iglesia de Santa Lucía, uno conoce al padre Pérez Capetillo -sacaba la lengua siempre
como chupando, como anolando un caramelo infinito- y conoce a aquel Chino Mateo -el
misterio amarillo en una interrogación- y a aquel Goyito Zavala con su letanía -Goyito,
goyito, pollito pollito, tu madre tu madre- y la bolsa de su filipina de lino mil veces
zurcida y mil veces planchada... llena de cubitos de hielo... mucho antes de saber qué
era eso de Yucatán y qué era eso de México y de América que luego dicen que un día la
descubrió Don Cristóbal Colón... Y ¿cómo es que se llama esta tierra, sabes tú su
nombre?... ¿Yo?... Yo, soy de Santa Lucía, soy de Itzimná, soy de Mérida. Más nada.
Para mí, Mérida ha sido siempre la capital del mundo... que como luego dicen si se
acaba el mundo: yo me voy a Mérida, que no lo digo yo, que lo dicen todos, hasta los
extraños imitando el acentito... No es novedad. Esto de la Capital Americana de la
Cultura, bueno... no es que le quede chico el título, tampoco, que ya quisieran otras
muchas ciudades de por ahí, sino que nosotros lo hemos sabido desde siempre... que así
es. Y uno no lo anda pregonando porque a uno no le gusta presumir, pero uno nació
aquí... con esa suerte.
Un día -por ahí de mis seis años- supe que ahí, donde está ahora el Parque de las
Américas iban a hacer una torre alta, alta como la de Babel -un monumento gigantesco a
Felipe Carrillo, creo- que alcanzaría el cielo más allá de las nubes, decían... y que
nunca se terminó... pero yo... más merece Mérida, pensaba. Oía decir que dizque el
Paseo de Montejo era más bonito que los Campos Elíseos, decían... y que vivíamos, los
meridanos, en la única península que apuntaba hacia el norte... pero cómo no!... y
nos mirábamos los unos a los otros engriéndonos... no más que ahora... sí, por
derecho, sí, es verdad que esto es cierto: Mérida, Capital Americana de la Cultura. Nada
menos.
¿Y quién nos aguanta ahora? Que solo nuestra legendaria modestia nos evitará ver
cómo provincianos a todos los que no son nativos de esta capital... ¿No es cierto?, Se
dice que uno es nada más que la lengua que habla, el pan que come, las canciones que oye,
el amor que le da vida... eso somos. Ustedes y yo. Si tuviéramos que hacer el recuento
del siglo que acaba de terminar, de nuestro tiempo, todos hablaríamos de las mismas
cosas. Sería un recuento, recontado y redicho. Como esas conversaciones de sillón, en
las escarpas, tomando el fresco, en donde todos sabemos lo que van a decir los demás y no
más nos lo andamos repitiendo... con el gusto.
Uno nació aquí, el otro allá... pero es lo mismo. En la feria de Santiago uno olió
y recuerda muy bien, como si fuera ayer, el olor de las lámparas de carburo y conoció el
sabor sin límites de los náncenes en almíbar... y bajo una mata de sombra inmensa, un
mediodía, al salir de la escuela, al otro se le reventaron las tripas en espumas azules
de tanto comer tamarindo verde con sal y chile... Todos estuvimos con los pies y la ropa
enchumbados y fríos, un septiembre de aquellos en que llovía a cántaros, y éramos,
también todos, bogavantes de un lago, los zapatos al hombro... Y otros todos, o tal vez
los mismos todos, cruzamos descalzos por el asfalto ardiendo, hundiéndonos hasta los
calcañales en el alquitrán del infierno -adoquín le decíamos- y brincando como grillos
hasta la sombra de la escarpa... Todos nos subimos al mismo camión, bajo el rayo del
sol-que-raja-piedras, apretujados y sudorosos, rumbo a la misma vida... y todos nos
bañamos una tarde en el frío cristal del cenote, espantándonos los murciélagos del
miedo con sus alas de paraguas como dicen del diablo... Todos, ustedes y yo.
Un día por los años treintas nos cambiamos todos de casa, a las afueras, en
busca de otros aires y vinieron y me cambiaron también de escuela y me mandaron con las
madres... Todos nos fuimos con las madres... que cuando llegaban los inspectores
guardábamos las estampitas de la virgen ¿se acuerdan? y sacábamos los retratos de
Juárez... -Beno, le decíamos que no podía ser Benito- ...cosas de los tiempos... Yo
hice, con mi hermana, la primera comunión con mucha pompa en Itzimná vestido de blanco y
con pantalón de casimir que me picaba las piernas, y por ahí andaban ustedes, y otro
día, ya entrados en gastos de religión y esas cosas, que se nos murió un arzobispo, y
ahí andaban ustedes, y hubo un gran movimiento por las calles y que ahí viene el cortejo
del funeral y no vayas a subirte a verlo a la azotea, Fernandito, que no se puede contigo,
y vino otro nuevo que se parecía a Pío Doce y se llamaba como yo, y no que hasta un día
me saludó desde su auto negro, imagínense, a mí, me cabeceó con la cabeza y como que
me bendijo con su mano... y todo era, entonces, como nuestra propia bronca particular y
privada, muchos años antes de que llegara el Papa, digo, el Sumo Pontífice... Antes,
cuando estábamos solos, aislados del mundo y las puertas de las casas estaban todo el
día abiertas y sin trancas y sin pestillos y sin aldabas ni cerraduras, no como hoy... Y
Dios nos libre de que inauguren el ferrocarril que vas a ver, Fernandito, cómo nos va a
ir con tanto extranjero pernicioso que va a venir... ¿Te acuerdas, hijo, de todo esto?
¿Cómo era?
Lo cierto es que uno va pelando la vida como se pela una cebolla, buscando capa por
capa ese centro que siempre ha tenido uno frente a las narices. El centro. Nuestro centro.
Esto digo de la cebolla que no es cualquier cosa. Cuando iba a la escuela Modelo en el
Paseo de Montejo, con su carretón de delicias estaba siempre aquel Tarzán, el más
famoso salbutero del universo -su cebolla era tan rica que yo me la comía hasta en
granizados-... Y cuando pienso en nuestra ciudad y en cómo se fue desarrollando me la
imagino igual, no sé por qué, como una cebolla... el centro y sus sucesivas capas,
Santana, Santiago, San Sebastián, la Mejorada, San Cristóbal y luego San Cosme -que ya
nadie sabe, creo, que se llamara así-, e Itzimná y Chuburná y así... hasta los barrios
de ahora, cuyos nombres ya ni conozco... y por ahí me paseo y puedo a veces hasta
perderme, ahora, si no fuera por mi sentido de orientación de gato viejo.
Si uno comparara los planos de la ciudad, vería cómo ha crecido esa cebolla desde
hace 458 años, desde aquella calle del cerro del imposible y "se venció" y las
esquinas del Elefante, el Monifato y el Moromuza... pero así de crecida e irreconocible y
más y todo, Mérida continúa siendo el sitio de donde proviene todo y a donde todo
regresa... dicho sea en su elogio como el piropo que le dijeron antes, de la muy noble y
muy leal...
Cuando te vas al mundo y descubres que hay ciudades sin plaza, que uno no cree que
existan, sientes esas pobres ciudades como sin alma, como sin corazón... así pasa. A
nosotros no. Mérida se pone ahora vestidos nuevos. Prende sus luces por todos lados. La
plaza rechina de belleza recién estrenada. La plaza, el verdadero sitio, el centro, de
donde parten todos los caminos. Las cuatro calles originales de la traza de la ciudad y de
la vida. Por ellas hemos sabido todos salir hacia nuestros destinos. Las cuatro esquinas,
la rosa de los vientos, el quinto punto cardinal... el arrancadero hacia lo universal...
la semejanza, la identidad con las mil plazas del mundo... y Bruselas, Venecia, Sevilla,
Madrid y el zócalo de México... que también aquí nosotros tenemos lo nuestro, la
primera catedral en tierra firme de América, desde el siglo XVI, la más importante
fachada plateresca en la casa de Montejo, ahora, este nuevo palacio de luz... y luego, la
sombra de los árboles de una ciudad siempre anhelante de sombras, que eso no es cualquier
cosa... un mundo plano y cuadrado... pero también redondo... que a la vuelta y vuelta de
las vueltas del tiempo, uno sabe que nunca ha salido verdaderamente de la plaza... que uno
no ha querido, tal vez... que sólo hemos estado girando sobre ella como los enamorados de
la retreta, alrededor, como bailando, a pesar de las lejanías y de los mares y de las
distancias... siempre alrededor de nuestra Plaza Grande... aquí enfrente. En Mérida.
Pero ¿y cómo si no?... una ciudad llena de preciosuras... de ventanas que suenan a
escalas de piano de niña; de canciones compuestas en salones de mármol; de campanarios
despertadores y laberintosos y de casas como castillos afanosos de cuentos de hadas... de
campos floridos y cielos turquí... y de patios y calles como jardines del edén llenos de
árboles amarillos, rojos, azules, rosados, morados... cada uno a su turno y a su tiempo
como si fuera concurso... qué gusto, Fernando, ¿no te parece?, Y las palmeras que se
inclinan respetuosas, y las flores de mayo que ofrendó la niña y los nardos que están
durmiendo con las azucenas y las lluvias de oro gentiles que al aire se mecen y las
amapolas cuajadas de miel... además del sonoro son de los flamboyanes maraqueros... un
incendio de color cada vez diferente cada vez que uno voltea, cada vez que uno viene
llegando, con la boca abierta... y con la baba.
Las mismas posesiones hemos compartido. El sabor a chocolate, robado de una vaina de
algarrobo y el olor amargo del estante nuevo de cedro... la alharaca y la cagazón de los
pájaros a las seis de la tarde y el escándalo siniestro de las motocicletas a las seis
de la mañana... el olor a tinaja esquinera del quicio de la ventana con el viento de
agua.. y el pito del tren a las tres de la tarde y el ruido de los infinitos vagones
tacatán, tacatán, bailando la jarana... y la bulla increíble a la hora del recreo y el
himno - y el misterio indescifrable del acero aprestad y el bridón- por los corredores de
la escuela... Uno dos tres por mi novia linda que se está escondiendo donde no la vea
pero ya la vi... y el sorbete de coco y el granizado de tamarindo y el izhua y el elote
pibinal y la chácara y los yakses... el trompo y el balero y la semilla escondida del
tantink'ul... y el puts escuela con las choquezuelas temblorosas en las rodillas a la hora
de la hora... y la manita sudada en el cine de la tarde... y el dolor de novio por los
entresijos... La serenata y yo sé que nunca besaré tu boca y peregrino de amor vagaba
triste, mientras alguien te gritaba: Fernanndoo... digo, para que se supiera. Que aquí,
el niño, era el del boleto.
Lo vimos juntos, lo vivimos juntos, digo, codo con codo, aquí en Mérida... que ahora
a no me van a decir a mí como yo le decía a mi padre cuando se ponía a hablar de estas
cosas. Que tú pareces del siglo pasado papá, del siglo XIX.
Y está muy claro, que mal de muchos... porque ustedes, todos, pero todos, también lo
son, que no nos anduvimos pastoreando juntos inútilmente por esas calles, esas plazas y
esos tiempos... y no es cosa de venir a decírmelo sólo a mí, así no más...
Dicen que la estatura de un hombre se mide por la altura de sus sueños. La edad de la
ciudad que hoy cumple 458 años, que hoy celebramos su cumpleaños en esta sesión de
Cabildo, y que es nombrada Mérida 2000, Capital Americana de la Cultura, se mide igual...
no por las centurias que ha vivido en su historia, sino por los próximos milenios que
vivirá... Por la altura de los sueños de sus mujeres y sus hombres.
Bajo una luz cegadora de domingo implacable para siempre, así la sueño; sentada
alrededor de una mesa de salpimentados, potajes y pucheros para siempre, así la sueño;
recostada en una hamaca blanca de siete cajas con orillas de encaje y siesta de pierna
suelta para siempre, así la sueño... recién pintada como muchacha bonita, siempre, así
la sueño; bajo una noche de lluvias siderales y planetas sonoros, así la sueño... y
más... que de ahora en adelante, vaya sólo por la sombrita y con viento fresco, para
siempre... que así, como todo lo que les he dicho en esta noche, así la sueño... así
la soñamos todos. Así. Mérida, soñada por el sueño de todos nuestros sueños.
Ojalá que los herederos de esta ciudad, Mérida, nuestro quinto punto cardinal, sigan
haciendo por ella según sus talentos, pensando siempre en su bien y nunca en su mal... -
que algunas iniquidades hemos cometido nosotros contra ella, que no las seguiremos
cometiendo- pensando que cada quien tendrá, únicamente, la ciudad que es capaz de
soñar... y ojalá que todos los que aquí nazcan y vengan -bienvenidos de donde vinieren-
en el tiempo... por los siglos de los siglos y los milenios por venir... como nosotros la
amamos, sólo la amen, amén.- F.E.- Mérida, 5 de enero del año 2000