Mérida, el quinto punto cardinal
Por Fernando Espejo


   bella.jpg (10165 bytes)La memoria es el nombre que le damos a las grietas del obstinado olvido -Jorge Luis Borges, , En esta sesión solemne del Cabildo de la ciudad de Mérida, de esta Mérida renovada en el 458 aniversario de su fundación, abriendo la cortina de un nuevo siglo, de un nuevo milenio y en el inicio de su función como Capital Americana de la Cultura, habrá que hacer memoria. Memoria de nuestra identidad como ciudadanos orgullosos de haber nacido en ella, memoria hablada de nuestro entrañable amor por ella, por la gente que la ha habitado y la ha vivido con nosotros en este siglo pasado, elogio de su espléndido presente y recuento de las promesas que le depara el proximo futuro que apenas si ha arrancado a correr sobre la tierra, en estos relampagueantes primeros días del año 2000... Mérida, 458 años, recién nacida...

Saludo a ustedes y les deseo feliz milenio nuevo. Feliz año nuevo es poco. A mis amigas, a mis amigos, a las mismas caras familiares repetidas a lo largo del tiempo, a lo largo de mi mano levantada mil veces a la vuelta de cada esquina, a lo largo de cada calle -el mismo rostro de los meridanos de todos los días-... por sus parques y sus plazas de siempre... los saludo en mi nombre y en nombre del gobierno de la ciudad y he de decirles lo que quiero decirles... pero no sólo he de hablar por mi boca sino por la boca, espero, del sentimiento que este día nos emociona a todos.

Cuando me invita Xavier Abreu, su digno presidente municipal, a participar en esta sesión solemne, como que dudo. Solemne es una palabra aterradora para mí. Yo no soy solemne. Antes al contrario. ¿Cómo decir solemnemente la palabra simpatía, la palabra gracia, la palabra amor? Esto habría de decirse siempre con una sonrisa. Hacer, por ejemplo, la memoria del tiempo no con la tristeza que a veces produce la nostalgia, pero con la alegría de haberlo bien vivido. La memoria del tiempo... la memoria de uno mismo en el tiempo. Uno mismo.

El ser y reconocerse uno como uno. Ser ese, el que ha vivido en todo este tiempo... aquí. Que la primera identidad que uno reconoce como suya es siempre nuestra casa, nuestra calle, el parque de enfrente... la escuela donde uno ha aprendido a conocer a los otros y a intimar con las primeras letras... Cuando de repente prendieron todas las luces de los parques y se hicieron los domingos y comencé a sonreír. Así lo vivo. El parque de Santa Lucía... -¿De dónde eres, quién eres, dónde vives?...- en la esquina de mi casa hay un hojalatero, ahí mismito, contraesquina del parque, se llama don Catito... ponía sus hojas de lámina galvanizada al sol de la tarde, como ropa recién lavada, y ahí se pasaba el día soldando globos de pan, galones para agua, cubos para el fondo de los pozos, y caños para que cantara sus gorgoritos el agualluvia... un chaparrito, casi tan alto como yo era a los cuatro años, con su camiseta de tres botones y su delantal de rayitas de cotín... Y yo, ahí mismo, a esa esquina me iba andando mis primeros pasos, corriendito, a marcar mi territorio, a wixarme sobre las latas, a ensoparle sus tinacos, y sus cachivaches... tal vez me gustaría cómo sonaban a rebaño de cabras sus láminas, no lo sé, pero por ahí me viene correteando otra vez el viejito con la tijera en la mano, mentándome la madre... y yo, muerto de la risa que creo que desde entonces se me quedó sonriendo por la boca. Ha de ser por eso, por ese ruido, que no olvido el sonido de la lluvia por los tinglados.

La identidad de ser 29olimpo.jpg (46797 bytes)de Mérida. Luego uno lo anda diciendo por todas partes con orgullo... yo soy de Mérida por acá, yo soy de Mérida por allá... hasta que uno descubre que, por el contrario, Mérida es de uno. Al reves.

Porque Mérida es mía, tanto como de ustedes en propiedad privada y compartida, pero quizá en mi caso más, porque la distancia ejerce funciones de lupa de aumento y lo que ustedes ven de cerca, con muy buenos ojos, yo lo miro -yo lo admiro, yo lo suspiro- desde lejos y lo agiganto... que uno vive agigantando todo esto del sabor de la tierra y el olor de la tierra y el color de las cosas que uno ama. Uno, digo, a la distancia.

Siguiendo en el sentido de la identidad primera, uno no se sabe yucateco, pero ni qué digamos mexicano, sino hasta que hace conciencia. Uno es de la calle sesenta, uno es de la iglesia de Santa Lucía, uno conoce al padre Pérez Capetillo -sacaba la lengua siempre como chupando, como anolando un caramelo infinito- y conoce a aquel Chino Mateo -el misterio amarillo en una interrogación- y a aquel Goyito Zavala con su letanía -Goyito, goyito, pollito pollito, tu madre tu madre- y la bolsa de su filipina de lino mil veces zurcida y mil veces planchada... llena de cubitos de hielo... mucho antes de saber qué era eso de Yucatán y qué era eso de México y de América que luego dicen que un día la descubrió Don Cristóbal Colón... Y ¿cómo es que se llama esta tierra, sabes tú su nombre?... ¿Yo?... Yo, soy de Santa Lucía, soy de Itzimná, soy de Mérida. Más nada.

Para mí, Mérida ha sido siempre la capital del mundo... que como luego dicen si se acaba el mundo: yo me voy a Mérida, que no lo digo yo, que lo dicen todos, hasta los extraños imitando el acentito... No es novedad. Esto de la Capital Americana de la Cultura, bueno... no es que le quede chico el título, tampoco, que ya quisieran otras muchas ciudades de por ahí, sino que nosotros lo hemos sabido desde siempre... que así es. Y uno no lo anda pregonando porque a uno no le gusta presumir, pero uno nació aquí... con esa suerte.

Un día -por ahí de mis seis años- supe que ahí, donde está ahora el Parque de las Américas iban a hacer una torre alta, alta como la de Babel -un monumento gigantesco a Felipe Carrillo, creo- que alcanzaría el cielo más allá de las nubes, decían... y que nunca se terminó... pero yo... más merece Mérida, pensaba. Oía decir que dizque el Paseo de Montejo era más bonito que los Campos Elíseos, decían... y que vivíamos, los meridanos, en la única península que apuntaba hacia el norte... pero ­cómo no!... y nos mirábamos los unos a los otros engriéndonos... no más que ahora... sí, por derecho, sí, es verdad que esto es cierto: Mérida, Capital Americana de la Cultura. Nada menos.

¿Y quién nos aguanta ahora? Que solo nuestra legendaria modestia nos evitará ver cómo provincianos a todos los que no son nativos de esta capital... ¿No es cierto?, Se dice que uno es nada más que la lengua que habla, el pan que come, las canciones que oye, el amor que le da vida... eso somos. Ustedes y yo. Si tuviéramos que hacer el recuento del siglo que acaba de terminar, de nuestro tiempo, todos hablaríamos de las mismas cosas. Sería un recuento, recontado y redicho. Como esas conversaciones de sillón, en las escarpas, tomando el fresco, en donde todos sabemos lo que van a decir los demás y no más nos lo andamos repitiendo... con el gusto.

Uno nació aquí, el otro allá... pero es lo mismo. En la feria de Santiago uno olió y recuerda muy bien, como si fuera ayer, el olor de las lámparas de carburo y conoció el sabor sin límites de los náncenes en almíbar... y bajo una mata de sombra inmensa, un mediodía, al salir de la escuela, al otro se le reventaron las tripas en espumas azules de tanto comer tamarindo verde con sal y chile... Todos estuvimos con los pies y la ropa enchumbados y fríos, un septiembre de aquellos en que llovía a cántaros, y éramos, también todos, bogavantes de un lago, los zapatos al hombro... Y otros todos, o tal vez los mismos todos, cruzamos descalzos por el asfalto ardiendo, hundiéndonos hasta los calcañales en el alquitrán del infierno -adoquín le decíamos- y brincando como grillos hasta la sombra de la escarpa... Todos nos subimos al mismo camión, bajo el rayo del sol-que-raja-piedras, apretujados y sudorosos, rumbo a la misma vida... y todos nos bañamos una tarde en el frío cristal del cenote, espantándonos los murciélagos del miedo con sus alas de paraguas como dicen del diablo... Todos, ustedes y yo.

29macay.jpg (48782 bytes)Un día por los años treintas nos cambiamos todos de casa, a las afueras, en busca de otros aires y vinieron y me cambiaron también de escuela y me mandaron con las madres... Todos nos fuimos con las madres... que cuando llegaban los inspectores guardábamos las estampitas de la virgen ¿se acuerdan? y sacábamos los retratos de Juárez... -Beno, le decíamos que no podía ser Benito- ...cosas de los tiempos... Yo hice, con mi hermana, la primera comunión con mucha pompa en Itzimná vestido de blanco y con pantalón de casimir que me picaba las piernas, y por ahí andaban ustedes, y otro día, ya entrados en gastos de religión y esas cosas, que se nos murió un arzobispo, y ahí andaban ustedes, y hubo un gran movimiento por las calles y que ahí viene el cortejo del funeral y no vayas a subirte a verlo a la azotea, Fernandito, que no se puede contigo, y vino otro nuevo que se parecía a Pío Doce y se llamaba como yo, y no que hasta un día me saludó desde su auto negro, imagínense, a mí, me cabeceó con la cabeza y como que me bendijo con su mano... y todo era, entonces, como nuestra propia bronca particular y privada, muchos años antes de que llegara el Papa, digo, el Sumo Pontífice... Antes, cuando estábamos solos, aislados del mundo y las puertas de las casas estaban todo el día abiertas y sin trancas y sin pestillos y sin aldabas ni cerraduras, no como hoy... Y Dios nos libre de que inauguren el ferrocarril que vas a ver, Fernandito, cómo nos va a ir con tanto extranjero pernicioso que va a venir... ¿Te acuerdas, hijo, de todo esto? ¿Cómo era?

Lo cierto es que uno va pelando la vida como se pela una cebolla, buscando capa por capa ese centro que siempre ha tenido uno frente a las narices. El centro. Nuestro centro. Esto digo de la cebolla que no es cualquier cosa. Cuando iba a la escuela Modelo en el Paseo de Montejo, con su carretón de delicias estaba siempre aquel Tarzán, el más famoso salbutero del universo -su cebolla era tan rica que yo me la comía hasta en granizados-... Y cuando pienso en nuestra ciudad y en cómo se fue desarrollando me la imagino igual, no sé por qué, como una cebolla... el centro y sus sucesivas capas, Santana, Santiago, San Sebastián, la Mejorada, San Cristóbal y luego San Cosme -que ya nadie sabe, creo, que se llamara así-, e Itzimná y Chuburná y así... hasta los barrios de ahora, cuyos nombres ya ni conozco... y por ahí me paseo y puedo a veces hasta perderme, ahora, si no fuera por mi sentido de orientación de gato viejo.

Si uno comparara los planos de la ciudad, vería cómo ha crecido esa cebolla desde hace 458 años, desde aquella calle del cerro del imposible y "se venció" y las esquinas del Elefante, el Monifato y el Moromuza... pero así de crecida e irreconocible y más y todo, Mérida continúa siendo el sitio de donde proviene todo y a donde todo regresa... dicho sea en su elogio como el piropo que le dijeron antes, de la muy noble y muy leal...

Cuando te vas al mundo y descubres que hay ciudades sin plaza, que uno no cree que existan, sientes esas pobres ciudades como sin alma, como sin corazón... así pasa. A nosotros no. Mérida se pone ahora vestidos nuevos. Prende sus luces por todos lados. La plaza rechina de belleza recién estrenada. La plaza, el verdadero sitio, el centro, de donde parten todos los caminos. Las cuatro calles originales de la traza de la ciudad y de la vida. Por ellas hemos sabido todos salir hacia nuestros destinos. Las cuatro esquinas, la rosa de los vientos, el quinto punto cardinal... el arrancadero hacia lo universal... la semejanza, la identidad con las mil plazas del mundo... y Bruselas, Venecia, Sevilla, Madrid y el zócalo de México... que también aquí nosotros tenemos lo nuestro, la primera catedral en tierra firme de América, desde el siglo XVI, la más importante fachada plateresca en la casa de Montejo, ahora, este nuevo palacio de luz... y luego, la sombra de los árboles de una ciudad siempre anhelante de sombras, que eso no es cualquier cosa... un mundo plano y cuadrado... pero también redondo... que a la vuelta y vuelta de las vueltas del tiempo, uno sabe que nunca ha salido verdaderamente de la plaza... que uno no ha querido, tal vez... que sólo hemos estado girando sobre ella como los enamorados de la retreta, alrededor, como bailando, a pesar de las lejanías y de los mares y de las distancias... siempre alrededor de nuestra Plaza Grande... aquí enfrente. En Mérida.

Pero ¿y cómo si no?... una ciudad llena de preciosuras... de ventanas que suenan a escalas de piano de niña; de canciones compuestas en salones de mármol; de campanarios despertadores y laberintosos y de casas como castillos afanosos de cuentos de hadas... de campos floridos y cielos turquí... y de patios y calles como jardines del edén llenos de árboles amarillos, rojos, azules, rosados, morados... cada uno a su turno y a su tiempo como si fuera concurso... qué gusto, Fernando, ¿no te parece?, Y las palmeras que se inclinan respetuosas, y las flores de mayo que ofrendó la niña y los nardos que están durmiendo con las azucenas y las lluvias de oro gentiles que al aire se mecen y las amapolas cuajadas de miel... además del sonoro son de los flamboyanes maraqueros... un incendio de color cada vez diferente cada vez que uno voltea, cada vez que uno viene llegando, con la boca abierta... y con la baba.

Las mismas posesiones hemos compartido. El sabor a chocolate, robado de una vaina de algarrobo y el olor amargo del estante nuevo de cedro... la alharaca y la cagazón de los pájaros a las seis de la tarde y el escándalo siniestro de las motocicletas a las seis de la mañana... el olor a tinaja esquinera del quicio de la ventana con el viento de agua.. y el pito del tren a las tres de la tarde y el ruido de los infinitos vagones tacatán, tacatán, bailando la jarana... y la bulla increíble a la hora del recreo y el himno - y el misterio indescifrable del acero aprestad y el bridón- por los corredores de la escuela... Uno dos tres por mi novia linda que se está escondiendo donde no la vea pero ya la vi... y el sorbete de coco y el granizado de tamarindo y el izhua y el elote pibinal y la chácara y los yakses... el trompo y el balero y la semilla escondida del tantink'ul... y el puts escuela con las choquezuelas temblorosas en las rodillas a la hora de la hora... y la manita sudada en el cine de la tarde... y el dolor de novio por los entresijos... La serenata y yo sé que nunca besaré tu boca y peregrino de amor vagaba triste, mientras alguien te gritaba: Fernanndoo... digo, para que se supiera. Que aquí, el niño, era el del boleto.

Lo vimos juntos, lo vivimos juntos, digo, codo con codo, aquí en Mérida... que ahora a no me van a decir a mí como yo le decía a mi padre cuando se ponía a hablar de estas cosas. Que tú pareces del siglo pasado papá, del siglo XIX.

Y está muy claro, que mal de muchos... porque ustedes, todos, pero todos, también lo son, que no nos anduvimos pastoreando juntos inútilmente por esas calles, esas plazas y esos tiempos... y no es cosa de venir a decírmelo sólo a mí, así no más...

Dicen que la estatura de un hombre se mide por la altura de sus sueños. La edad de la ciudad que hoy cumple 458 años, que hoy celebramos su cumpleaños en esta sesión de Cabildo, y que es nombrada Mérida 2000, Capital Americana de la Cultura, se mide igual... no por las centurias que ha vivido en su historia, sino por los próximos milenios que vivirá... Por la altura de los sueños de sus mujeres y sus hombres.

Bajo una luz cegadora de domingo implacable para siempre, así la sueño; sentada alrededor de una mesa de salpimentados, potajes y pucheros para siempre, así la sueño; recostada en una hamaca blanca de siete cajas con orillas de encaje y siesta de pierna suelta para siempre, así la sueño... recién pintada como muchacha bonita, siempre, así la sueño; bajo una noche de lluvias siderales y planetas sonoros, así la sueño... y más... que de ahora en adelante, vaya sólo por la sombrita y con viento fresco, para siempre... que así, como todo lo que les he dicho en esta noche, así la sueño... así la soñamos todos. Así. Mérida, soñada por el sueño de todos nuestros sueños.

Ojalá que los herederos de esta ciudad, Mérida, nuestro quinto punto cardinal, sigan haciendo por ella según sus talentos, pensando siempre en su bien y nunca en su mal... - que algunas iniquidades hemos cometido nosotros contra ella, que no las seguiremos cometiendo- pensando que cada quien tendrá, únicamente, la ciudad que es capaz de soñar... y ojalá que todos los que aquí nazcan y vengan -bienvenidos de donde vinieren- en el tiempo... por los siglos de los siglos y los milenios por venir... como nosotros la amamos, sólo la amen, amén.- F.E.- Mérida, 5 de enero del año 2000


Este sitio es elaborado por Enlaces y Comunicaciones del Sureste, S.A. de C.V.
en coordinación con El Diario de Yucatán
Si tiene comentarios o sugerencias, favor de dirigirse a
ChichenItza
@sureste.com

Inicie el milenio con la nueva imagen que le estamos preparando...